Por @Pixxiebexx
Siempre se ha dicho que las grandes historias empiezan con grandes promesas, pero la de Aixa comenzó con un trozo de papel arrugado dentro de una galleta de masa tostada. Ella no creía en predicciones ni en señales del cosmos, pero hay momentos en los que la realidad parece empeñada en llevarle la contraria a la lógica. Tras un encuentro tan inesperado como cálido con una desconocida llamada Eli, Aixa se descubrió a sí misma sosteniendo un mensaje enigmático y una pregunta abrumadora: ¿cómo recuperas a alguien a quien solo te une la música, cuando el mundo real olvidó pedir los números de teléfono?
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El crujido fino del papel entre sus dedos resonó en medio del aire fresco de la tarde.
—«La vida nos pone a las personas indicadas en los momentos justos, pero confía en las estrellas» —leyó Aixa en voz alta, soltando una risita suave que se perdió en el bullicio de la calle.
No creía en el destino. Para ella, las galletas de la fortuna no eran más que trozos de masa tostada con frases genéricas diseñadas para sacarle una sonrisa a los crédulos. Sin embargo, no pudo evitar mirar el pequeño papelito con una mezcla de ternura y nostalgia.
Acababa de salir de su local favorito de ramen, un rincón pequeño y acogedor que solía ser su refugio habitual. Pero esa tarde había sido completamente diferente. Aixa solía ser una persona reservada, de esas a las que entablar conversación con un desconocido les provoca un nudo inmediato en el estómago. Hacer amigos nuevos nunca había sido su fuerte. Sin embargo, minutos atrás, una ráfaga de emoción involuntaria le había hecho romper su propio cascarón.
Todo comenzó al notar una mochila. No era una mochila cualquiera: de sus cierres colgaban múltiples llaveros metálicos, acrílicos y de peluche de Stray Kids. El logo del grupo y los rostros de los integrantes brillaban bajo la luz del local. Fue un impulso magnético. Aixa no pudo evitar comentar sobre uno de los accesorios, y lo que esperaría que fuera un intercambio incómodo de dos frases se convirtió en una charla fluida de casi una hora.
La chica se llamaba Eli. Hablar con ella había sido extrañamente cómodo, como si se conocieran de toda la vida. Compartieron teorías de videos musicales, debatieron sobre sus canciones favoritas y se rieron hasta que les dolió la garganta. Al momento de despedirse, Eli había sacado de su bolso una galleta de la fortuna que le habían regalado en su compra y se la ofreció a Aixa como un pequeño gesto de gratitud por tan cálido encuentro.
Aixa guardó la galleta en su bolsillo, caminó un par de cuadras y repentinamente se detuvo en seco. Un frío helado le recorrió la espalda.
—No puede ser... —murmuró, sacando apresuradamente su teléfono móvil.
Buscó en la pantalla. Nada. Ningún contacto nuevo, ningún nombre de usuario anotado en las notas, ninguna red social guardada. En medio del entusiasmo por haber encontrado a alguien que compartía su misma pasión y admiración por el grupo, a ninguna de las dos se le había ocurrido intercambiar números de teléfono o Instagram.
Se quedó de pie en medio de la acera, sintiéndose absurda. ¿Cómo era posible? No sabía su apellido, no sabía dónde estudiaba ni dónde trabajaba. Lo único que sabía de Eli era que amaba a Stray Kids con la misma intensidad que ella.
Al día siguiente, la inquietud no abandonó a Aixa. Cada vez que miraba el papelito de la fortuna sobre su escritorio, las palabras parecían burlarse dulcemente de ella. ¿De verdad el universo las había cruzado solo para dejarlas ir así?
Decidida a no rendirse, Aixa regresó por la tarde al local de ramen. Se sentó cerca de la ventana, pidiendo un té helado mientras observaba a cada persona que cruzaba la puerta. Pasó una hora, luego dos. El timbre de la entrada sonaba constantemente, pero ninguna de las figuras que entraba llevaba una mochila repleta de llaveros.
—¿Buscas a la chica de ayer? —preguntó de pronto el camarero al acercarse a limpiar la mesa contigua.
Aixa se sobresaltó.
—¿Se nota mucho? —admitió con timidez, rascándose la nuca—. Olvidamos pedirnos los contactos y... no sé cómo volver a encontrarla.
El joven sonrió con simpatía.
—No ha venido hoy. Pero si algo he aprendido trabajando aquí, es que los fans de ese grupo son como una comunidad enorme. ¿Por qué no pruebas buscar en internet? Seguro hay eventos o reuniones de fans por la zona.
La idea encendió una chispa en la mente de Aixa. Al llegar a su casa, abrió sus aplicaciones y empezó a buscar grupos locales de seguidores de Stray Kids. Publicar un mensaje pidiendo ayuda parecía algo sacado de una película romántica o una comedia absurda, pero no tenía nada que perder.
Con las manos algo temblorosas, escribió en una historia y en un foro local: "Ayer conocí a una chica llamada Eli en el local de ramen de la calle central. Tenía la mochila llena de llaveros de SKZ y me regaló una galleta de la fortuna. Olvidamos darnos las redes. Si ves esto, ¡reacciona!".
Pasaron las horas y la publicación comenzó a recibir algunos comentarios de gente deseándole suerte, pero ninguna señal de Eli. Aixa suspiró, recostándose en su cama y mirando al techo. Sacó de su bolsillo el pequeño papelito que aún conservaba.
—"Confía en las estrellas", ¿eh? —susurró para sí misma, esbozando una leve sonrisa.
Quizás la galleta no tenía razón y solo había sido una coincidencia afortunada. O quizás, en un mundo donde la música y las pasiones compartidas conectaban a miles de personas, el universo solo estaba preparando el terreno para el segundo capítulo. La duda quedaba en el aire, pero Aixa, por primera vez en mucho tiempo, decidió dejar la puerta abierta a la posibilidad de reencontrarse.