Por @Lit_unlimited
"La metamorfosis" (1915) de Franz Kafka narra la historia de Gregorio Samsa, un viajante de comercio que despierta convertido en un monstruoso insecto. La obra explora la alienación, la deshumanización y el rechazo familiar, enfocándose en cómo Gregorio pasa de ser el sostén económico a una carga repudiada, reflejando temas de soledad y absurdo existencial.
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LA METAMORFOSIS
FRANZ KAFKA
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó
convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un
duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado
por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que
estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente
delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin
concierto.
—¿Qué me ha ocurrido?
No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque
muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado
un muestrario de paños —Samsa era viajante de comercio—, y de la pared
colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y
puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con
un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy
erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo
su antebrazo.
Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del
alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran
melancolía.
«Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de
todas estas locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre
de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal
postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en
vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver
aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado
un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.
—¡Qué cansada es la profesión que he elegido! —se dijo—. Siempre de
viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por
no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces
de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian
constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las
que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!
Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la
espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la
cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos
blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla
inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
—Estoy atontado de tanto madrugar —se dijo—. No duermo lo
suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana
regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando
cómodamente sentados. Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me
despedirían en el acto. Lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría
pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado.
Hubiera ido a ver el director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería
de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los
empleados, que, como es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no
he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para
pagarle la deuda de mis padres —unos cinco o seis años todavía—, me va a oír.
Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren
sale a las cinco.
Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.
—¡Dios mío! —exclamó para sí.
Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando
tranquilamente. En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no
había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba puesto a las
cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Pero ¿era posible seguir
durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta los muebles?
Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber
dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren
siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa. El
muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada
dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría reprimenda del
amo, pues el mozo del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía
de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin
dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero
esto, además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los
cinco años que llevaba empleado, no había estado nunca enfermo. Vendría
el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de
los padres, respecto a la holgazanería de Gregorio, y refutaría cualquier
objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están
siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este
caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta
somnolencia, fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se
sentía francamente bien, además de muy hambriento.
Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo
en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron
a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
—Gregorio —dijo la voz de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No
tenías que ir de viaje?
¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio suya propia,
que era la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en
el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de
forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera
querido dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a
decir:
—Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.
A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de
Gregorio no debió notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y
se retiró. Pero este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo
que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando
ligeramente la puerta, llamó:
—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?
Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:
—¡Gregorio!
Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba
suavemente:
—Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?
—Ya estoy bien —respondió Gregorio a ambos a un tiempo,
esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud,
para disimular el insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno,
pero la hermana siguió susurrando:
—Abre, Gregorio, por favor.
Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el
contrario, de la precaución —contraída en los viajes— de encerrarse en su
cuarto por la noche, aun en su propia casa.
Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente,
arreglarse sin que le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo después de
hecho todo esto pensaría en lo demás, pues se daba cuenta de que en la
cama no podía pensar con claridad. Recordaba haber sentido en más de una
ocasión un vago malestar en la cama, producido, sin duda, por alguna
postura incómoda, la cual, una vez levantado, se disipaba rápidamente; y
tenía curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de
hoy. En cuanto al cambio de su voz era simplemente el preludio de un
resfriado, enfermedad profesional del viajante de comercio.
Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la
colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria
anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y