logo
Nueva Historia
La metamorfosis - Franz Kafka

La metamorfosis - Franz Kafka

Comenzar historia
Lit_unlimited

Por @Lit_unlimited

📚 Todo público
🌎 Español
© Dominio público
+18
Finalizada
Horror
Fantasia

"La metamorfosis" (1915) de Franz Kafka narra la historia de Gregorio Samsa, un viajante de comercio que despierta convertido en un monstruoso insecto. La obra explora la alienación, la deshumanización y el rechazo familiar, enfocándose en cómo Gregorio pasa de ser el sostén económico a una carga repudiada, reflejando temas de soledad y absurdo existencial.


Lecturas

3

Capítulos

1

Me gusta

1

LA METAMORFOSIS

FRANZ KAFKA

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó

convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un

duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado

por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que

estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente

delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin

concierto.

—¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque

muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado

un muestrario de paños —Samsa era viajante de comercio—, y de la pared

colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y

puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con

un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy

erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo

su antebrazo.

Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del

alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran

melancolía.

«Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de

todas estas locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre

de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal

postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en

vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver

aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado

un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.

—¡Qué cansada es la profesión que he elegido! —se dijo—. Siempre de

viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por

no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces

de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian

constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las

que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la

espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la

cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos

blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla

inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

—Estoy atontado de tanto madrugar —se dijo—. No duermo lo

suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana

regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando

cómodamente sentados. Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me

despedirían en el acto. Lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría

pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado.

Hubiera ido a ver el director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería

de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los

empleados, que, como es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no

he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para

pagarle la deuda de mis padres —unos cinco o seis años todavía—, me va a oír.

Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren

sale a las cinco.

Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

—¡Dios mío! —exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando

tranquilamente. En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no

había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba puesto a las

cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Pero ¿era posible seguir

durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta los muebles?

Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber

dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren

siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa. El

muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada

dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría reprimenda del

amo, pues el mozo del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía

de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin

dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero

esto, además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los

cinco años que llevaba empleado, no había estado nunca enfermo. Vendría

el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de

los padres, respecto a la holgazanería de Gregorio, y refutaría cualquier

objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están

siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este

caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta

somnolencia, fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se

sentía francamente bien, además de muy hambriento.

Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo

en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron

a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

—Gregorio —dijo la voz de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No

tenías que ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio suya propia,

que era la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en

el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de

forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera

querido dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a

decir:

—Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de

Gregorio no debió notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y

se retiró. Pero este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo

que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando

ligeramente la puerta, llamó:

—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:

—¡Gregorio!

Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba

suavemente:

—Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

—Ya estoy bien —respondió Gregorio a ambos a un tiempo,

esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud,

para disimular el insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno,

pero la hermana siguió susurrando:

—Abre, Gregorio, por favor.

Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el

contrario, de la precaución —contraída en los viajes— de encerrarse en su

cuarto por la noche, aun en su propia casa.

Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente,

arreglarse sin que le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo después de

hecho todo esto pensaría en lo demás, pues se daba cuenta de que en la

cama no podía pensar con claridad. Recordaba haber sentido en más de una

ocasión un vago malestar en la cama, producido, sin duda, por alguna

postura incómoda, la cual, una vez levantado, se disipaba rápidamente; y

tenía curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de

hoy. En cuanto al cambio de su voz era simplemente el preludio de un

resfriado, enfermedad profesional del viajante de comercio.

Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la

colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria

anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y

Comenzar historia