Por @Lit_unlimited
La isla del tesoro (1883) de Robert Louis Stevenson es la novela de aventuras definitiva sobre piratas, mapa del tesoro y marineros. Narra la búsqueda de la fortuna del Capitán Flint por parte del joven Jim Hawkins, enfrentándose al carismático y astuto pirata Long John Silver. El clásico define la imagen popular del pirata, con loros y patas de palo.
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El señor Trelawney, el doctor Livesey y muchos otros caballeros me pidieron que escribiera todo lo que pasó en la Isla del Tesoro. Lo haré, entonces, desde el principio hasta el final, pero no revelaré la ubicación de la isla, porque estoy seguro de que allí todavía queda una parte del tesoro. Tomo, por lo tanto, la pluma en el año 17... y vuelvo a la época en que mi papá, dueño de la posada El Almirante Benbow, hospedó a un viejo marinero de piel curtida por el sol, con la cicatriz de una herida de sable.
Lo recuerdo como si fuera ayer cuando lo vi llegar caminando despacio hasta la puerta de la posada. En una carretilla, arrastraba su cofre de marinero. Era un hombre alto, fuerte, rudo, moreno; su pelo atado caía sobre los hombros de un tapado azul lleno de manchas; tenía callos y cicatrices en las manos.
Todavía me parece verlo observando la entrada mientras canturreaba una vieja canción de marineros que luego escucharíamos con frecuencia: “Sobre el cofre del muerto, quince hombres son. ¡Ah, ja, ja, y la botella de ron!”. Luego tocó la puerta con un pequeño bastón, y cuando mi papá abrió, le pidió de mal modo un vaso de ron y lo saboreó muy despacio.
–Esta es una buena ensenada –dijo por fin–, y su posada está bien ubicada. ¿Tiene muchos clientes, amigo?
Mi papá le dijo que, lamentablemente, no teníamos muchos clientes.
–Entonces, aquí me quedaré. Soy un hombre sencillo, todo lo que necesito es ron, huevos, panceta y un mirador para observar los barcos que se acercan. ¿Quieren saber cómo llamarme? Pueden decirme “capitán”.
No era un hombre muy conversador. Se pasaba los días alrededor de la ensenada o sobre los acantilados con un telescopio de metal. Al atardecer, se acomodaba en un rincón de la taberna, cerca del fuego, y bebía ron fuerte y agua. Pronto, tanto nosotros como la gente que venía a la posada aprendimos a no molestarlo. Cada día, al volver de su paseo, preguntaba si había llegado algún marinero. Al principio creíamos que extrañaba a sus compañeros, pero luego nos dimos cuenta de que en realidad quería evitarlos. Un día me ofreció pagarme cuatro peniques por mes para que vigilara y le avisara si aparecía un “marinero con una sola pierna”.
Ni hace falta decir que pensar en el marinero rengo me producía pesadillas. Pero, a pesar de eso, yo no le tenía tanto miedo al capitán como las personas que lo conocían. Lo que más aterrorizaba a la gente eran sus historias de ahorcados, ahogados, tormentas en alta mar y salvajes aventuras en las costas del Caribe.
Solo una vez alguien se animó a enfrentarlo. Mi papá estaba ya muy enfermo, a punto de morir, y el doctor Livesey llegó una tarde a la posada para examinarlo. Después de una cena liviana que le ofreció mi mamá, el doctor se sentó en el salón a fumar su pipa. Recuerdo la diferencia entre ese elegante y pulcro doctor, de cabellera blanca como la nieve, y nuestro pirata sucio y andrajoso, recostado sobre la mesa,
borracho y con la mirada perdida. De pronto, el capitán empezó a cantar su vieja canción sobre el cofre del muerto y la botella de ron. El doctor Livesey lo miró con desprecio y siguió charlando con el viejo jardinero Taylor sobre un remedio nuevo para el reuma.
El capitán lo observó furioso durante un rato hasta que golpeó la mesa y gritó:
–¡Silencio!
–¿Me está hablando a mí? –preguntó el doctor–. Le diré algo: si usted no deja de beber ron, en el mundo pronto habrá un canalla menos.
La furia del capitán fue terrible. Se puso de pie y amenazó al doctor con una navaja.
–Si no guarda esa navaja en el bolsillo en este mismo momento –le dijo el doctor con calma–, lo denunciaré ante el Tribunal. Le aseguro que lo vigilaré de día y de noche. Además de médico, soy magistrado. Así que si recibo la queja más insignificante sobre usted, me encargaré de que lo echen de este distrito.
Poco después, el doctor Livesey se marchó. Sorprendentemente, el capitán se mantuvo tranquilo esa noche y también las siguientes.